Tambores son terapia

“Los tambores son terapia”, me dijo, y me llevó a dejar correr mi cerebro entre las maderas de colores y las cuerdas de tambores y las ventanas de San Telmo. Era cortar el domingo, ir a Montevideo un poco, querer volver a volar en las telas, y mucho imaginar quienes de los que estaban ahí no iban a tener un lunes. Quierotenercerquitalarambla. Seguir leyendo

L + LL | Luna Llena

Sabíamos que esa semana podríamos tomar de la mano a la ansiada luna llena rochense, a la que todos quieren cantar desde el Cabo, la que protagoniza su propio espectáculo platinando el mar desde el horizonte, para deleite de los espectadores más sensibles. Lo que no sabíamos era dónde estaríamos nosotros en ese momento: los planes eran muchos, los pesos pocos, y además doy por sobreentendido que los días nunca alcanzan para recorrer el ansiado mapa veraniego Uruguayo.

Llegamos a Valizas (¿un martes?) después del diluvio eterno de la temporada alta (esa misma lluvia que amenazó a las llamadas en Montevideo y dejó caminitos en el Cerro), con advertencias de que las calles eran un río, no encontraríamos rancho en pie, pulpos gigantes habían salido del mar para atacar a los bañistas (?), panorama desolador.

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No importó nada. Resultó evidente que nos estábamos esperando: ella a nostros y nosotros a ella, el reencuentro, la energía que emana de la tierra (el barro) de cada calle, los ranchos que se ven cálidos e invitadores desde que se divisan a lo lejos. Valizas tenía que tener la Casa de Leonor, y aunque no nos estaba esperando, nos acomodamos de lo más felices.

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Hasta acá, postales de la casa de Leonor. Ahora, postales de recorridas por la city.

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-No me gusta nada, nada de lo que escribo (nisiquiera lo que publiqué, en verdad). Hago un bollito digital con el texto y me voy a la cama. Me dispongo a escribir en papel, porque ganas de escribir me sobran-

 No entiendo porqué no puedo escribir sobre Valizas. Es tan interno, intenso, complejo, que sacarlo en forma de palabras equivale a sacarme pedacitos de piel, y para colmo lo re-leo y el resultado me resulta aún peor que lo que escribo en general, cuando fluye. No estoy pudiendo escribir en la computadora, evidentemente…

¿Qué fue Valizas? Valizas fue respirar aire juntos, comprobar que la magia está intacta. Fue caminar ansiando eso que sabíamos que nos esperaba, la magia en las calles, la playa casi minimalista en colores y líneas, todos los encuadres visuales que parece imposible que sean verdad, y que no podrían ser, además, tan dramáticamente perfectos. El viento enloquecedor zumbaba en las orejas, combinando perfectamente con los juegos de luces y sombras desde eterno cielo de Rocha hacia los ranchos que quisieron ser un poco playa.

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Llegamos un poco acelerados y en sintonía medio aporteñda, ahora que lo pienso. Pero el tiempo finalmente se desvaneció y logramos cruzar el portal, entrar en sintonía con el mundo valizero, ir flotando a mirar las dunas en la playa, volver flotando más alto a preparar algo de comer, mirar qué pasa en la sobremesa del patio de los vecinos, a ver si se arma alguna zapada.

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Esa noche, la “fiesta de la luna llena” a la que nos invitaron por la calle fue un fracaso, lo que nos hizo decidir por una “caminata de la luna llena” por la playa sólo nosotros dos, y ahí es donde empieza en mi cerebro ese encadenamiento de imágenes que me quedó grabado a fuerza de contrastes luz y sombra: una kombi encallada en la arena, arena que pisamos mil kilómetros por la orilla, orilla que parecía llena de noctilucas de lo fuerte que estaba la luz lunar, luz que iluminó a un lobito marino perdido en el agua, perdido como las tortugas rescatadas que me dieron tanta ternura el día que te conocí, el día que te conocí que estabamos en esta misma playa, playa donde nos dimos un beso, beso que te doy ahora, con el viento de mar en los ojos, y entiendo que entendés todo. Sí, eso fue Valizas para mí.

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La última cabaña del camino

Con la misma lluvia que miramos desde la estación, llegamos a los caminos de ripio del Cerro de los Burros, a unos km del centro de Piriápolis. Las mismas gotas que caían en el parque del terror, ahora empapaban los arbustos, las piedritas del camino, haciendo nacer mini arroyos que a la tarde siguiente entretendrían gurisitos que iban con la chica de la pollera colorida. El agua purifica, limpia, sana, pero cuando es tan tan abundante como lo fue este verano en Uruguay, complica la vida, y más aún si vivís en la última cabaña del camino de subida al cerro, con calle de tierra y huerta incluídas.  Seguir leyendo

J de Jazmín

Se me sube una hormiga por la pierna, no sé como apareció entre las sábanas. Pero como me parece más tierna que un mosquito, no la mato con el matamoscas que tengo perfectamente a mano, sólo la saco hasta con algo de cuidado para no lastimarla. ¡No tiene sentido! ¿Te das cuenta que es totalmente absurdo, no? Seguir leyendo

I de Igarzabal, conexión a través de las palabras.

Fueron días de calor y más calor en Montevideo, pero calor enserio. Pasábamos esa semana con A en la casa de su papá, que tiene un bonito hogar con cultura en todas sus formas, muchas canciones, muchos cuadros y posters que gritan ideologías de sólo mirarlos de reojo, muchos libros y muchas historias…Algunas las cuenta con su guitarra, otras las cuenta entre mates, muchísimas se las debe guardar (pero tengo la sensación que cuando pasan los años las va liberando, como pajaros que deja ir para no dejar enjaulados). Uno de esos días me había contado sobre el hermosísimo libro “Cartas a Nicolás”, de su amigo Luis Ramón Igarzabal. Él fue periodista, poeta, escritor, un literato con toda las letras.

La cuestión es que me pasé unas pocas tardes leyendo ese libro (y digo “unas pocas” porque lo devoré en cuestión de horas), sentada en el balcón de la ventana del departamento en pleno centro de la ciudad. No había una gota de aire, pero el balcón era el lugar más ventilado posible.

Enorme placer, enormísimo, viajar gracias-a/con Luis Ramón. Él, en su libro, escribe cartas al pequeño Nicolás, aconsejándole esas cosas que en algunos momentos de la vida suenan tan clichés y en otros tan increíblemente necesarios:  que no deje pasar la oportunidad de pasear entre los girasoles, en alguna carreta o tractor, mirando al cielo azul, tocando las hojas con la yema de los dedos (no sé si dice exactamente eso, pero la imagen mental que me quedó sí fue justito así), que no se pierda los pequeños regalos de la vida,que no deje de ser niño, que disfrute de mojarse bajo la lluvia, que huela la alfalfa en el granero, que enfrente sus miedos, que no se deje llevar por ellos ni por los que le inculcan los demás, que no pierda la sencillez ni la esperanza, ni las ganas de soñar, hojas y hojas deliciosas de consejos sabios y simples, como todos los consejos sabios. Siembra una dulzura tan grande que no alcanzarían todas las manos ni todos los tractores del mundo para cosecharla, con una sensibilidad de las que deberíamos leer todos los días, aunque sea un parrafito, como para ayudar a la mente a mantenerse en ese estado de percepción aguda.

Con el correr de las páginas yo ya estaba completamente sumida en su mundo, en los colores que describe, escuchando, casi, a los animales que nombra, a punto de que sea su voz la que recite el cuento en mi cabeza, aunque él ya no esté en la vida terrenal y haya pasado a otro plano.

En una de las últimas páginas, Luis Ramón dice:

 “(…) Ya encontraremos, Nicolás, algún rincón para seguir siendo nosotros mismos. Ya habrá tiempo para eso. Porque ya no tendré que escribir cartas ni versos. Es que seré una semilla de cardo, Nicolás. (…)”

Unas páginas después termina el libro, termina lento, pausado, sentido. Lo cerré habiendo entrado yo también en ese estado. Me quedé sentada en el balcón de lo más pensativa, mirando la luz cálida de la tarde, las plantitas de Bea, A tocando la guitarra de su papá, la mochila y la bolsa de dormir estacionadas en el rincón. Pero algo me distrajo sobre mi hombro izquierdo: a través del rinconcito que quedaba libre entre la baranda y el toldo del balcón pasó haciendo malabares directo a mi mano una semilla de cardo en todo su esplendor de forma y tamaño…

La emoción en los ojos de los tres dejaban en claro que habíamos entendido todo.

Por cierto, nunca ví, además de esa vez, una semilla de cardo en Montevideo. 

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