Una casa de palabras

Un hábito de mis preferidos es prender una vela en el frasco pequeño junto a un té rojo de la lata verde. Así se enciende el escritorio y salgo al encuentro de la aventura de las palabras, cuando las horas apremian y los protocolos tienen su espacio. Sucede en un cuaderno con tapa de musgo que llevo conmigo en una bolsa que provoca historias, que también transporta un libro sobre la sincronicidad y un diario poético de viajes, en todos mis pasos y por el momento. Inevitable que suceda la magia si me deslizo con un cofre que almacena tales mariposas y un labial anaranjado. El cofre tiene un título sugerente: “Leer te da alas”.

Las tres llamaradas — libro, cuaderno, bolsa — han visto la luz en un hogar que repentinamente ha perdido las fronteras, los acentos y la cuenta de las palabras que ha visto volar. Unas adorables niñas inquisidoras hemos provocado la mutación, porque hablamos allí de nuestros miedos sin temblor en la voz, y en círculo nos hemos sanado. Hemos determinado que las infusiones hacen las veces de pactos que desafían planisferios, y también que las despedidas y bienvenidas deben ser incontables para siempre, incalculables, como los puntos que nos unirán en los mapas que lanzaremos al aire.

Hoy La Casa de las Poetas se expande y alcanza nuevos horizontes que no tienen líneas predecibles o calculables. Atravesamos océanos en barcos de papel.

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