De molduras y pinotea

Desde el principio de los tiempos, las paredes ya eran eternas, tan altas como lo son ahora que el lugar es mío, porque le elegí lucesitas cálidas como quien elige salsa de fresas para terminar su postre preferido. Sin embargo hay algo en eso que nos va a alejar para siempre. Es que no deseo habitar un espacio que me excede y se me da majestuoso aún en los días en que estoy triste. Esos son los peores días, aún peores que ahora mismo que hay luna llena, y no hay té de romero que pueda organizarme las ideas, y las puertas son tan eternas, y las grietas son también mis rasguños, y los ventanales no son míos, aunque la luz sea tan perfecta en las tardes de otoño (sí, esa luz que entra y cae sobre la espalda desnuda en una tarde de otoño es la perfección del romanticismo).

Aquí lo nuevo es lo blanco y lo simple. Y lo sepia vivía en otro tiempo, junto a los mandalas de la india y los tallados sobre fondo dorado. Es facilísimo verlo, ¿Te das cuenta? Hay un cuadro que me hablaba desde antes de ser mi cuadro también, uno en que un caballo y un jinete existen a partir de piezas de quién sabe cuantos relojes, y no se me ocurre algo más simbólico. El tiempo que pasa, el tiempo que pierdo, decime por favor qué hago con el tiempo que pierdo o que gano en una ciudad opresora. ¡Claro! Es que habito desde lo más pequeño a los más grande espacios que no puedo abarcar, sí. Esa puede ser la sensación que hace tanto tiempo intento explicar, por eso los dolores desde el centro del cráneo, por eso la falta de palabras siempre. Siento unas ansias desde el ombligo, ansias de una casita pequeña, en un lugar pequeño, con un pequeño arroyo cerca, o incluso me animo a la inmensidad del mar. No creo que eso arruine el efecto de tener mis pequeños espacios.

Ahora dejo el mate en el piso de pinotea para ir a comprar frutas, resulta que el sofá aterciopelado del mundo sepia nos atrapó y es sábado, y este barrio no festeja los sábados, que es el día perfecto para comprar frutas y comerlas con un libro en la mano izquierda y el mate en la derecha. Aquí los sábados hay que tener el mate en el piso de pinotea y las frutas en la bolsa, ¿No te parece injusto? Con lo que me gustan las cosas en su lugar…
Los lunes no, no hay compras ni frutas ni nada. Los lunes en este lugar hay sólo ciudad, y nuestros pasos que la doblan y desdoblan, la viven completa y la traen enredada en los cordones de los zapatos. Nosotras queremos desmenuzar la ciudad con la yema de los dedos y hacer mundos nuevos con el polvo de lo ya sabido, de lo que ya hablamos en el sofá de almohadones regalados.

Habitamos la casa de manera disfuncional, claro, porque no somos funcionales a ella desde el vamos, desde que ponemos todas las plantas posibles en los balconcitos miniatura ya no podemos cerrar los postigones, tan poéticos que son los pobres. Despertamos con la luz del día entonces, y dormimos a la hora que nos plazca, o a veces no dormimos: ¿Imaginás dormir con la luna llena entrando por esos ventanales, en una casa de mujeres? Es imposible. Sólo hay que recordar sacar afuera los cuarzos, y ya no puede hacerse nada más que intentar escribir algo o empezar un libro nuevo o salir a aprovechar su luz en bicicleta, aunque no lo hagamos jamás. Por eso no quiero que te quedes conmigo en las noches de luna llena: no podrías soportarlo, te aseguro.

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