Pensamientos en dos ruedas

23/04/2014

No puedo sacarme de la cabeza que pasó el tiempo y los días y las sensaciones y no escribí ni una palabra al respecto, ni una. Ni en el cuaderno, ni en la compu, ni en ningún lado. Simplemente las frases y los sentimientos están entreverados y no puedo desarmar la madeja para poder ponerlo en orden ni sacarlo de acá adentro.

Los días pasaron en la casa nueva, las tardes de calor, latas de pintura y lavado de rodillos quedaron atrás, mi cama y mis libros llegaron ahora junto a mi tonelada de ropa (¿Cómo es que uno acumula tanta?), llegaron las comidas en olla a presión, la avena de desayuno y el olorcito a palosanto saliendo del frasco y empapando el cuarto. El aire entra por la nariz, lo siento. Cierro los ojos, los abro, sí, estoy acá. Las marcas de cuadros antiguos y las ventanas me miran desde las paredes, y afuera ya es otoño. Aunque los árboles del barrio no quieran hacerlo ver todavía, el viento les hace la contra y me dice entre susurros que sí, que ya llegó, que es época de amarillos y naranjas.
Las palabras no salieron, sin embargo. La mente necesitaba acomodarse dentro de sí misma, se ve, para poder después salir de manera organizada (no sea cosa que una virginiana como yo deje las ideas desparramadas por ahí hechas un caos), o por lo menos más organizada que antes.

Preparo la bici, abro las puertas del ascensor que tienen ese aire a sesión de fotos que me causan tanta gracia desde el primer día que las ví. Cuesta, pero entramos la bici, yo, la mochila, el bolso, las ganas de sentir el vientito en la cara, y cerramos las puertas. La calle, el caos de vivir tan cerca de todo. La gente del barrio tan paqueta hablando en ese porteño raro en que las “sh” son “sch” y las últimas letras de las frases se extienden como si se fueran en longboard, y el resto de la gente hablando todos los idiomas, mirando para arriba, sacando fotos, pensando que realmente está en París y puede llevar su Canon colgando mientras se come un Jorgito y habla por celular. No, no estamos en París, son puros efectos especiales. O mejor dicho, fue esa manía tan argenta de querer ser Europa, manía que se escapa de los remates franceses e italianos de los edificios y se planta en la cabeza de los que habitan los edificios. Bueno, estoy generalizando, pero juro que tengo mis motivos. Salgo, y con el vientito en la cara me voy a un nuevo lugar donde treparme a las telas. Glorioso el vientito en la cara, y la posibilidad de mirar sobre dos ruedas cómo el mundo sucede y es bastante mejor que el cine. No llevo música en los oídos, porque la ciudad tiene tantos sonidos que hoy no quiero dejar pasar ninguno. El chico escucha Eros Ramazzotti desde adentro del auto, y lo escucha bajito pero yo paso por al lado y escucho una ráfaga igual (una ráfaga “erótica” sería). Paso por el Barolo y como siempre que paso con la bici, pienso “Hola Barolo, que lindo sos”, y acto seguido giro la cabeza a la derecha “Congreso, te queda linda la luz de la tarde por detrás”, y hoy también, como todos los días, me llega la ráfaga de porro desde la plaza. Hábito nuevo y único, HolaBarolo-HolaCongreso-Porro, lo siento un lazo con la ciudad de la furia. Sé que no tiene sentido pero siento que soy la única que saluda al Barolo y al Congreso cada vez que pasa por Montevideo y Rivadavia. Al final todo se trata de lazos y relaciones: con la ciudad, con la casa, con la bici, con la gente. Con el increíble nuevo lugar donde treparme a las telas entre ladrillos de vidrio y promesas de budín de remolacha.

Qué bueno es andar en bici.

Imagen02/05/2014

Siento que hace siglos amanecí. Amanecí de noche, ¿Cuánto hace que no amanecía de noche? Sigos de los siglos. Y menos un sábado. Los únicos sábados que ví el amanecer fueron después de noches largas, con la pintura corrida (Que molesto, creo que por eso ya no me pinto casi nunca. Horrible queda todo corrido por el paso de las horas.), pero hoy no, hoy salgo del ascensor de rejas pensando en cuánto me pesa el termo pero qué bueno que tengo canastito en la bici, y qué molesto ir a cursar los sábados tan tempranísimo, me quiero recibir.

Me acomodo la bicisenda y hasta la primer avenida no logro avistar lo ideal que está el cielo, lo perfecto del momento del día. Amanezco con la ciudad. Enciendo los motores y pongo las piernas en movimiento de la mano de la ciudad que nunca duerme, pero que de todos modos amanece. Hay mucha gente en la calle, ¿Realmente hay tanta gente afuera los sábados a as 7:30am mientras duermo? ¿Cuántas cosas me pierdo por dormir? Una chica de tapado rojo pasea a su perro (Hay que tener ganas eh). Unos viejitos agarrados del brazo me miran con impávidos.Ccreo que pasé muy rápido, ¡Perdón, seguro les tiré vientito! Lo suficientemente rápido pasé como para enternecerme con sus brazos agarrados, y para ver que barata está la banana en la verdulería de ahí atrás, y que ¡Cómo me tomaría un licuado ahora!
Me olvido de pensar en dónde estoy, sólo sé que tengo que ir derecho y ver todo lo que pasa alrededor, porque nunca ví a Buenos Aires así, desde la bici tan temprano y tan despierta. Pedaleo, pedaleo y sonrío con el viento en la cara, se me secan los ojos pero qué importa. Inesperadamente ya estoy en Rivadavia, mi cuadra preferida, mis amigos Barolo y Congreso como nunca los ví: recién salidos de la cama, como despeinados (¿Qué? ¡Nunca!), “Hola Barolo, ¡También estás lindo con el amanecer de fondo eh!” y miro a la derecha ahora “Wow, con el primer sol del día reflejando en tus ventanas estás infartante, Congreso”. Me importa muchísimo menos haber tenido que madrugar después de la noche de arepas con guacamole. Me importa muchísimo menos tener que ir a la facultad. Empecé el día completamente en sintonía con la ciudad, la conocí en un nuevo matiz, creyéndola toda para mí, dandome un regalo por cuadra: olor a facturas recién horneadas, los árboles que al fin se ponen amarillos, el viento más frío de lo que pensé que me acaricia las mejillas, las manos apretadas al manubrio, los cambios, las ideas nuevas, los qué me importa.

Qué bueno es andar en bici, sí.

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