La última cabaña del camino

Con la misma lluvia que miramos desde la estación, llegamos a los caminos de ripio del Cerro de los Burros, a unos km del centro de Piriápolis. Las mismas gotas que caían en el parque del terror, ahora empapaban los arbustos, las piedritas del camino, haciendo nacer mini arroyos que a la tarde siguiente entretendrían gurisitos que iban con la chica de la pollera colorida. El agua purifica, limpia, sana, pero cuando es tan tan abundante como lo fue este verano en Uruguay, complica la vida, y más aún si vivís en la última cabaña del camino de subida al cerro, con calle de tierra y huerta incluídas. Imagen

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Todos muy agotados por la incesante lluvia.

Los días en el cerro pasaron de lo más fluídos, (yo) esperando inconscientemente ansiosa que llegue el momento de mirar el atardecer desde la galería, donde el sol se posa sobre el mar frente tiñiendo todo de tantos naranjas que nunca pensé que existían. O sino mirarlo desde nuestra habitacioncita en la cabaña, donde nuestra pequeña ventana tenía un puente infinito hasta el horizonte, hasta el mar, hasta los verdes de las hojas. La importancia de cada segundo mientras la luz se atenuaba y de repente se hizo de noche, y unos segundos al día la mente estaba totalmente ensimismada allá, lejos. Imaginando también de a ratos que vivir en tanta paz, en el jardín el mar y en el patio el pico del cerro y las piedras, y la caminata entre las arueras amenazantes que no nos hicieron nada, aunque no las hayamos saludado (“buen día, aruera” si es de noche, “buenas noches, aruera” si es de día, o al revés). Pero no porque no hayamos querido hacerlo, no, sino porque no las reconocimos…¡No las reconocimos! Ellas tan dueñas del lugar y nosotros, atrevidos, no las reconocimos.
A los pies del cerro, Playa Hermosa. Mar y piedritas pequeñas y de colores tierra, para mí con eterna textura a sol y mar y calma. Las junto en mis manos que ansiaban la sal, las hago sonar, camino sola, me lleno de demasiado sol. Las guardo en la mochila y vuelve A, y subimos hacia la cabaña con los ojos entrecerrados al principio, tomados de la mano. En el camino otra vez la chica de pollera colorida, con un ramo verde en la mano, y los gurisitos alrededor corriendo entre los charcos y las entradas a algunas casas. Se asoman los perros, se saludan los vecinos, idílico, idílico, idílico. Siento incontenibles ganas de aprender y de absorber todo lo que se hace y se deshace en este lugar. Aprendería a tejer, por ejemplo, a hilar en la rueca y a teñir con yuyos de colores mágicos lanas con las que vestiría a los niños que hoy juegan y mañana defenderán, tal vez, el patrimonio por el que hoy velan sus padres cada mes en la escuelita a medio camino entre la playa y la cima, padres artesanos, maestros, arqueólogos, músicos. Aprendería a oír las músicas que salen de la ventana de un lutier, y si tengo suerte, hasta aprendería a curarme con las plantas y los consejos de los vecinos, compañeros, hermanos. O aprendería a observarlo todo, mejor, quietecita al atardecer, al ritmo del cerro y no de la ciudad. Porque la ansiedad por el querer saber y abarcar no tiene su lugar en el Cerro, imagino. La mayor ansiedad viene de la mano del amor y el cuidado, de contarnos que cada piedrita es arqueología, cada planta es patrimonio junto a cada zorzal, calandria, chilca, hornero, madreselva…
Llegamos arriba justo a esa hora de la tarde en que el aire se pone monocromático y húmedo, y los azules son intensos y el verde tan frío y también tan azul, y nos recibe la pala clavada en la tierra anunciando que el día de trabajo se terminó (y aunque no lo veo, imagino que las herramientas del taller de joyería hablan de lo mismo). Espero mi turno en la ronda de mate preguntándome si aún ellos también respiran este aire azul, si perciben la magia, si son conscientes de cuánto las maderas invaden el momento, salen desde los pisos y los muros increpando brutalmente los sentidos…¿Todos en este lugar perciben las grietas de los tablones bajo sus pies? ¿Huelen el pasto y el rocío a través de ellas? Parecería que el gatito percibe mis pensamientos, viene a entreverarse entre mis tobillos, anticipándose a mi regazo y generando contrastes (suave y agrietado, firme y blando, la huerta y mi balcón, su parsimonia y mis carreras).

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 Que lo que se ve así…

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…Al rato se ve así…

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…Y por nuestra ventana al día siguiente se ve así.

En el cerro hay tantas plantas, animales, insectos, que se deben necesitar (pienso) muchos años para conocerlos todos. Y a la noche todo se despierta, parece, y cada rana forma parte de un coro, cada mariposa de una coreografía, y cada insecto de un zumbido gigante que no se sabe si empieza acá o más allá, o adentro de tus entrañas. Imagino visceral el sonido los tambores de las mujeres, que se reúnen a la luz de la luna llena cada mes a vibrar con el latir de la tierra que eligieron o que las eligió, resonante candombe uruguayo inconfundible. Hoy no es luna llena pero todo es una opereta sublime inmensa, que la primera noche me dejó completamente desvelada. El mismo desvelo que acosa al habitante del cerro cuando viene a la ciudad y escucha nuestra opereta de ruedas sobre el asfalto, de alarmas y del camión de basura, o del ruido de los vecinos del piso de arriba que cierran las ventanas y entran por la mía, de alguna manera. Ahora con vecinos arriba, abajo, al costado, con el Obelisco tan cerca y las avenidas tan agazapadas acá nomás, a punto de rugir todo el tiempo. ¿Me estoy alejando del ideal de casita frente a la playa, de la calma, de la paz? No, claro que no. Estoy siguiendo un camino que dista de ser recto y uniforme, que tiene sus arroyos que se forman y se secan, y muchos desvíos, curvas y contracurvas. Por momentos marea, igual que el que te lleva a la última cabaña del camino del Cerro de los Burros, y ese lugar es un paraíso, así que mejor confiar

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ImagenEl patio.

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El pico del cerro te regala unas vistas así.

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Y para el otro lado, unas así. 

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2 comentarios en “La última cabaña del camino

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