La fiesta de las no-llamadas en Montevideo

En mi casa se vive un clima muy particular cuando hay una fiesta, y aún más especial cuando es algo familiar. Imagino que en todas las casas pasa lo mismo, pero aseguro que en la mía es distinto. Mi familia es (muy) numerosa y (muy) de hacer fiestones, casamientos, quince años, con vestidos largos, recepción y souvenirs, todo eso.

Además, cada vez que hay una, en la casa hay un aire especial desde los días anteriores, porque vienen familiares que viven en otras provincias a quedarse por el fin de semana, y todo se ve como si le hubiesen dado un sacudón: hay bolsos y ropa inusual dando vueltas, zapatos de taco sobre la mesa, vestidos elegantes colgando de perchas en el lavadero, collares en los estantes junto a los libros. Todos nos cambiamos de habitación para hacer lugar y estar cómodos, el mate termina mareado de tantas rondas compartidas, y hasta las perras dan vueltas sin saber bien qué pasa, porqué es que hay tantos pasos de acá para allá rompiendo con el monótono sonido habitual y conocido. A la alegría de la fiesta se suma la energía del reencuentro.

Bueno, éste fue mi segundo verano en Montevideo en época de “llamadas” y puedo decir que a la ciudad le pasa masomenos lo mismo que a mi casa. Las llamadas son una fiesta popular uruguaya, una manifestación muy particular de la cultura afroamericana que en Uruguay abunda. Durante dos noches desfilan 40 comparsas por las calles de los pintorescos y tradicionales barrios Sur y Palermo (sí, se llama como el de Buenos Aires), y la calle se llena del público que está ansioso por verlas y bailar al ritmo de los tambores. Desde enero ya se empieza a preparar activamente la cuestión, se terminan los trajes, aumentan los ensayos, todo puertas adentro de cada comparsa. Pero ya los primeros días de febrero sí, es evidente que llega la fiesta: las gradas se preparan sobre la calle Isla de Flores, cambiando el paisaje habitual, haciendote imaginar a los bailarines llenos de brillo, las banderas ondeando al aire, la gente apretujada en los costados para ver mejor. El vallado descansando sobre las paredes, en las veredas, hace que escuches la música de los tambores como una cuestión de estímulo-respuesta prácticamente.

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Paisaje natural montevideano en enero-febrero. Bailarinas de tacos en pleno ensayo.

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Los tambores se ponen cerca del fuego para “templarlos” antes de tocar.

En las dos oportunidades que tuve de visitar la ciudad en ese momento, el clima no parecía dar tregua y la fecha anunciada tuvo que posponerse para una semana más tarde por lluvia, dejando en el aire la energía sin estallar, las gradas en la calle sin desarmar, y sobre todo, a los espectadores sin plan y con ansias de reunión aprisionadas, esperando salir. Como si en mi casa se pospusiera el casorio para una semana más tarde, ¡Tremendo! ¿Qué hacemos para que no se arruguen los vestidos y los trajes recién planchados? ¿Qué hacen los tíos rosarinos y cordobeses varados en Buenos Aires de manera tan inesperada? Nunca pasó, pero seguramente esa noche improvisaríamos un asado y listo, ¡Tenemos nuestra propia fiesta! Que no es la esperada, pero es fiesta al fin.

Y bueno, en Montevideo pasó lo mismo: los uruguayos y extranjeros se quedaron sin llamadas (y encima también sin lluvia, porque ambos veranos finalmente las noches estuvieron de lo más despejadas y la temperatura ideal), y cada bar se convirtió en una fiesta, así que las calles arboladas fueron testigos de un desfile igual: el nuestro, el de los que fuimos de bar en bar, de casa en casa sumándonos a los festejos improvisados, con la intensidad de la energía acumulada y la noche por delante. Como siempre, caminar la capital de nuestro país vecino y hermano trae un placer aparte consigo, al menos para mí. Los adoquines y los plátanos son el marco ideal de cualquier poesía urbana, y ni hablar si al final de la calle se vislumbra el Parque Rodó, y si aún más allá está el mar, que no se ve pero se siente fuerte y dominante. Más acá, uruguayos, argentinos, españoles, colombianos, ecuatorianos, brasileros y quién sabe cuántas más nacionalidades, armamos una fiesta de las no-llamadas.

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El año pasado fuimos al Barrio Sur la mañana siguiente después de las llamadas. Se ve que todos aún dormían, porque estabamos casi solos con las palomas…

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Y con los gurises que ya se habían levantado también.

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Y vimos casas así de bonitas.

Como dije, ambos veranos se pospuso, pero el año pasado tuve la suerte de poder estar ahí para vivir el espectáculo a la semana siguiente. Este año no fue así, porque con Alfonso ya teníamos planes ansiados y casi impostergables de ir a la cosa este, donde suceden muchas otras magias y energías, pero eso ya lo contaré más adelante…

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