I de Igarzabal, conexión a través de las palabras.

Fueron días de calor y más calor en Montevideo, pero calor enserio. Pasábamos esa semana con A en la casa de su papá, que tiene un bonito hogar con cultura en todas sus formas, muchas canciones, muchos cuadros y posters que gritan ideologías de sólo mirarlos de reojo, muchos libros y muchas historias…Algunas las cuenta con su guitarra, otras las cuenta entre mates, muchísimas se las debe guardar (pero tengo la sensación que cuando pasan los años las va liberando, como pajaros que deja ir para no dejar enjaulados). Uno de esos días me había contado sobre el hermosísimo libro “Cartas a Nicolás”, de su amigo Luis Ramón Igarzabal. Él fue periodista, poeta, escritor, un literato con toda las letras.

La cuestión es que me pasé unas pocas tardes leyendo ese libro (y digo “unas pocas” porque lo devoré en cuestión de horas), sentada en el balcón de la ventana del departamento en pleno centro de la ciudad. No había una gota de aire, pero el balcón era el lugar más ventilado posible.

Enorme placer, enormísimo, viajar gracias-a/con Luis Ramón. Él, en su libro, escribe cartas al pequeño Nicolás, aconsejándole esas cosas que en algunos momentos de la vida suenan tan clichés y en otros tan increíblemente necesarios:  que no deje pasar la oportunidad de pasear entre los girasoles, en alguna carreta o tractor, mirando al cielo azul, tocando las hojas con la yema de los dedos (no sé si dice exactamente eso, pero la imagen mental que me quedó sí fue justito así), que no se pierda los pequeños regalos de la vida,que no deje de ser niño, que disfrute de mojarse bajo la lluvia, que huela la alfalfa en el granero, que enfrente sus miedos, que no se deje llevar por ellos ni por los que le inculcan los demás, que no pierda la sencillez ni la esperanza, ni las ganas de soñar, hojas y hojas deliciosas de consejos sabios y simples, como todos los consejos sabios. Siembra una dulzura tan grande que no alcanzarían todas las manos ni todos los tractores del mundo para cosecharla, con una sensibilidad de las que deberíamos leer todos los días, aunque sea un parrafito, como para ayudar a la mente a mantenerse en ese estado de percepción aguda.

Con el correr de las páginas yo ya estaba completamente sumida en su mundo, en los colores que describe, escuchando, casi, a los animales que nombra, a punto de que sea su voz la que recite el cuento en mi cabeza, aunque él ya no esté en la vida terrenal y haya pasado a otro plano.

En una de las últimas páginas, Luis Ramón dice:

 “(…) Ya encontraremos, Nicolás, algún rincón para seguir siendo nosotros mismos. Ya habrá tiempo para eso. Porque ya no tendré que escribir cartas ni versos. Es que seré una semilla de cardo, Nicolás. (…)”

Unas páginas después termina el libro, termina lento, pausado, sentido. Lo cerré habiendo entrado yo también en ese estado. Me quedé sentada en el balcón de lo más pensativa, mirando la luz cálida de la tarde, las plantitas de Bea, A tocando la guitarra de su papá, la mochila y la bolsa de dormir estacionadas en el rincón. Pero algo me distrajo sobre mi hombro izquierdo: a través del rinconcito que quedaba libre entre la baranda y el toldo del balcón pasó haciendo malabares directo a mi mano una semilla de cardo en todo su esplendor de forma y tamaño…

La emoción en los ojos de los tres dejaban en claro que habíamos entendido todo.

Por cierto, nunca ví, además de esa vez, una semilla de cardo en Montevideo. 

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11 comentarios en “I de Igarzabal, conexión a través de las palabras.

  1. mochilasenviaje dijo:

    Que fácil a veces nos enmarañamos en nuestros pensamientos. Y que lindo que a veces unas palabras nos hagan ver con más claridad. Gracias por eso.
    Abrazo grande!
    Pd: Una buena bebida espirituosa para apaciguar el calor de Montevideo es el medio y medio

    • Giuliana Snt dijo:

      Gracias chicos 🙂
      ¿Pueden creer que no tomé medio y medio en todos esos días de calor? A pura Pilsen y Zillertal fue la cosa. Voy a tener que hacer el esfuerzo de ir este verano otra vez para conocerlo, parece! Jajaja

  2. marina dijo:

    Giu, ¡esto fue una sincronía en toda regla!
    Mírate una película que se llama Un método peligroso!Hay un momento que es exactamente igual a lo que te pasó, cuando cruje la madera (no digo más). Y después, esta anécdota:
    Una joven paciente soñó, en un momento decisivo de su tratamiento, que le regalaban un escarabajo de oro. Mientras ella me contaba el sueño yo estaba sentado de espaldas a la ventana cerrada. De repente, oí detrás de mí un ruido como si algo golpeara suavemente la ventana. Me di media vuelta y vi fuera un insecto volador que chocaba contra la ventana. Abrí la ventana y lo cacé al vuelo. Era la analogía más próxima a un escarabajo de oro que pueda darse en nuestras latitudes, a saber, un escarabeido (crisomélido), la Cetonia aurata, la «cetonia común», que al parecer, en contra de sus costumbres habituales, se vio en la necesidad de entrar en una habitación oscura precisamente en ese momento. Tengo que decir que no me había ocurrido nada semejante ni antes ni después de aquello, y que el sueño de aquella paciente sigue siendo un caso único en mi experiencia.

    últimamente me están pasando cosas así a mí también y solo estoy feliz de saber que es el camino correcto!
    Besazo,

    M.

  3. Valeria dijo:

    Giuli muy bonito leerte y reditar ese sentimiento colmado de sensaciones vibrando en el cuerpo! soy amiga de Abdel, quien de alguna forma me-te recomendó! Te seguiré leyendo y tal vez te haga canción! ji abrazo

    • Giuliana dijo:

      Fabuloso saber que estás ahí 🙂 Gracias gracias gracias!
      Si me hacés canción algún día, me encantaría conocerme por favor.
      Abrazo enorme y espero seguirte encontrando por aquí!

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