C de Catarsis

Es evidente que acá no hay diseñadores gráficos o alguien de arte visual, por los carteles. Así no van a llamar la atención de nadie: error en los colores, tipografías, tamaños, composición, equivocaciones juntas en infinitos carteles de propaganda política distrubuídos desordenadamente en toda la facultad de psicología. Una dudosa izquierda repartida en todas las posibilidades gramaticales, siglas que hablan de posiciones que posiblemente no existen: PTS – CDS – PO – FI – SUR, ¿Ehhhh?

Es la segunda vez que vengo a esta sede de la Universidad de Buenos Aires, y una vez entré por cada puerta. De las dos me quedó grabado que lo primero que miré fueron unas baldosas difíciles de olvidar. Explanada de estrellitas rojas sobre fondo blanco, con líneas en las diagonales en gris oscuro, y en todas las juntas de las diagonales unos cuadraditos rojos, que termina siendo una trama inmensa de puntos que se unen, de ideas de que conectan en una red infinita (¿Qué mejor interpretación?). Por la puerta de la calle Urquiza la historia es de unos cerámicos más grandes, color mostaza, con unas formas grandotas en azul. Desde donde estoy sentada ahora veo cerebros repartidos en todo un suelo mostaza. Evidentemente estoy condicionada por el lugar. Lugar que por cierto es frío: fríos los cerámicos, fríos los hierros de las barandas de las frías escaleras onduladas de mármol que conectan los tres o cuatro fríos pisos que recién recorrí. Son idénticos. Una vez que pasás la primer puerta al llegar al primer nivel, los demás podrían haber sido 2, 5 u 8.

Entre tantas cosas que mirar, me llama la atención un cartel, que salió triunfante sobre el resto en la tarea de acaparar mi mirada: las letras son grandes, blancas, prolijas y legibles, y encabezan un cartel de fondo celeste gritando “Jueves de Catarsis”. Catarsis, palabra social, palabra de arte. Gran catarsis, enorme y necesaria, y mía, con la escritura. Siempre fue muy fácil plasmarme en palabras, ordenarme y alivianarme. Pero ahora más que nunca, las letras, hojas y hojas de letras hilvanadas redondas y seguidas como cadenas vienen siendo una herramienta, un placer, pero sobre todo una manera de hacer catarsis. Como una especie de medicamento sin contraindicaciones (o eso creo) que yo misma genero y me suministro, o como un barrefondos para la piscina que es mi mente celeste, a la que por alguna u otra razón, entre las que estoy yo misma, siempre le cae un poquito de tierra y hojarasca. Una catarsis de jueves, de lunes, de martes, de mañana, de atardecer, de plaza, de subte, de mí y de los personajes, realidades y ficciones que invento, con ideas en mis cuadernos y con las palabras que publico.

Y recordando la idea platónica de teatro y su efecto de catarsis, las clases de arte contemporáneo, los ratos de pensar en las catarsis sociales, ahora pienso ¡Cómo me gustaría vivir en una ciudad donde se baile en las calles en cualquier momento! O en otra ciudad de paredes de papel, para sacar la birome de mi mochila y escribir en cualquier momento y lugar, o para leer las mentes de otros que estuvieron allí igual que yo, hace algún tiempo no muy largo. Que cuando uno encuentra algo que le gusta en su propia casa, cambie el papel donde está escrito por uno nuevo. Un grafitero debe sentir eso, ¡Claro! Debería aprender a hacer grafitis y murales…

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Como en Montevideo, que la gente baila en la calle, y que todo está lleno de artes.

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