Las cosas han cambiado

Resulta que necesitaba una casa más grande. Una casa que me abarque y me contenga más allá de las letras, porque ya parte de mí se estaba escapando por las ventanas. Llamé a dos arquitectos digitales y pusimos manos a la obra.
El resultado es fabuloso, hermoso y exactamente lo que necesitaba. Conózcanlo!
Persistentemente cumplió su ciclo. Es tiempo de seguir.

Una casa de palabras

Un hábito de mis preferidos es prender una vela en el frasco pequeño junto a un té rojo de la lata verde. Así se enciende el escritorio y salgo al encuentro de la aventura de las palabras, cuando las horas apremian y los protocolos tienen su espacio. Sucede en un cuaderno con tapa de musgo que llevo conmigo en una bolsa que provoca historias, que también transporta un libro sobre la sincronicidad y un diario poético de viajes, en todos mis pasos y por el momento. Inevitable que suceda la magia si me deslizo con un cofre que almacena tales mariposas y un labial anaranjado. El cofre tiene un título sugerente: “Leer te da alas”.

Las tres llamaradas — libro, cuaderno, bolsa — han visto la luz en un hogar que repentinamente ha perdido las fronteras, los acentos y la cuenta de las palabras que ha visto volar. Unas adorables niñas inquisidoras hemos provocado la mutación, porque hablamos allí de nuestros miedos sin temblor en la voz, y en círculo nos hemos sanado. Hemos determinado que las infusiones hacen las veces de pactos que desafían planisferios, y también que las despedidas y bienvenidas deben ser incontables para siempre, incalculables, como los puntos que nos unirán en los mapas que lanzaremos al aire.

Hoy La Casa de las Poetas se expande y alcanza nuevos horizontes que no tienen líneas predecibles o calculables. Atravesamos océanos en barcos de papel.

Fuelle puente

Bandoneon KapCada pliegue un país que aún no visité, la melodía un recordatorio de que aún no me moví de aquí, que sólo soy sueños al aire en una noche en la que hasta las ráfagas de aire reclaman movimiento y me invitar a levantarme y conquistarlo todo. El fuelle como puente entre dos mundos también es movimiento, y la complejidad de cada una de sus partes me resulta aún más desoladora que la escena en general. Complejidad, tal vez por eso el bandoneón esté tan entreverado con el aroma a Buenos Aires, que tiene tantos vericuetos y misterios como atractivos en su melodía pesada, intensa, a costa de tanto esfuerzo en cada movimiento, en cata botón, en cada accionar.

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La vela y la sierra

Montaña Karen Antorveza

Me pregunto cada mañana por mi voz, me respondo con avena o nueces. Y cuando me pregunto por mi ritmo a veces me respondo con Tryo y otras veces con Drexler, y ese es mi ritmo, y ya no te preguntes más. Es como todo el eclecticismo y el inetiquetamiento que me sostiene.
La calma duró sólo lo que el viaje, ahora otra vez el ritmo de la ciudad que sólo atenúo con un té, y ojalá me quede un poquito de chocolate. Con leche. Una cuestión maldita hace que sea más fácil desvalorizarse que valorarse. Es la misma cuestión que produce que el chocolate haga mal, que el chispero no quiera funcionar y yo precise encender esta vela. Una vez vi una vela cuya luz se elevaba al pronunciar su nombre. Una vez una vela me habló de mi misión en esta vida, y de mi equilibrio entre tres partes. No, esas fueron las tres velas. Entenderse con la llama de una vela es como hablar con el humo, como sentir lo que guardan las montañas. Es un estado de misticismo insoportable pero que allí está, sucediendo, y sería inútil analizar porqué sucede pero ahí te ves, detenida comprendiendo todo o muchas cosas, y admirándote por al fin dejar caer las barreras y con ellas varias fichas. Mañana encontraremos los porqués. Hoy solamente pensemos que no debemos  explicárselo a nadie  y que seguramente no podamos conciliar el sueño, a menos que bebamos el té indicado. Voy a hacer lo mejor posible pero no sé nada de tés indicados, sólo el verde a la mañana y el de romero cuando las ideas no apremian y hay que hacer sí o sí una clasificación. Y la marcela que sacamos de la sierra me daba la sensación de abrir la ventana y encontrar el monte, y en verdad después sólo había cemento y ritmo de ciudad no quiero salir no quiero producir ni moverme no quiero. ¿Cómo volvés al no quiero una vez que te acostumbrás a vivir el quiero? Imposible. Lo voy a escribir mil veces.

– Este post forma parte de una serie en la que genero letras a partir de las imágenes de la ilustradora Karen Antorveza, si aún no lo hicieron, conozcan su trabajo he dicho.

Cocción de un dulce de peras

Illustracion kaAún es temprano para ser de noche, sin embargo la luz. El dulce de peras en gestación aún tiene trozos de fruta, y trozos de casa de mamá: en cualquier momento podés entrar a la cocina caminando y salir montado en una alfombra voladora de ciruelas frutilla durazno zapallo. Tomé prestadas costumbres suyas y junto a mis reglas construyo mi espacio: Las paredes son hojas en blanco para escribir con marcador;  todos son bienvenidos salvo quien mienta; el dulce debe ser siempre casero; se debe practicar el ocio a diario, ahora que se puede; la cama nunca desecha; “luego” existe y es un buen momento. Entonces construyo y lo deseable se adueña del aire y la materia. Deseo reformular los impulsos. Construyo y me deconstruyo con una confianza sin motivos más que el nacer desde el centro y tomando todo, tomando todo menos forma (hoy). La ansiedad la quito haciendo y deshaciendo funciones de cine, y la verdad es que mal que le pese al sustantivo “productividad”, podría seguir haciéndolo un buen tiempo. Seguir leyendo

II

Mis piernas se mueven
como mi mano escribe
y no puedo dejar fija la vista, ¿Te das cuenta?
Estoy mirando al aire
y aunque no lo pueda explicar,
intento plasmar
lo que me atraviesa ahora, ya ya ya
y por eso me detengo,
abro el cuaderno
como acto de rebeldía.

La mirada se pierde, ya lo dije
porque no puede hacer otra cosa. 

Lo fijo y lo prefijado
me retuercen la sangre
o la vuelven como agua.
Pero el cambio es tan justo
es tan libre y democrático
y abre puertas azules,
de chapa casi al caer
tanto como abren portones
enormes
de hierro forjado y roble.

De molduras y pinotea

Desde el principio de los tiempos, las paredes ya eran eternas, tan altas como lo son ahora que el lugar es mío, porque le elegí lucesitas cálidas como quien elige salsa de fresas para terminar su postre preferido. Sin embargo hay algo en eso que nos va a alejar para siempre. Es que no deseo habitar un espacio que me excede y se me da majestuoso aún en los días en que estoy triste. Esos son los peores días, aún peores que ahora mismo que hay luna llena, y no hay té de romero que pueda organizarme las ideas, y las puertas son tan eternas, y las grietas son también mis rasguños, y los ventanales no son míos, aunque la luz sea tan perfecta en las tardes de otoño (sí, esa luz que entra y cae sobre la espalda desnuda en una tarde de otoño es la perfección del romanticismo).

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Instrumento

Si es mi luz la que te salva,
entonces recomponete sin pausas.
Si  tu nombre habla de crecimientos,
entonces sos ideas anidadas por siglos
en la oscuridad que guardabas
entre tus puños cerrados.

Me infiltré en ellos,
los desdoblé con versos
y les dejé mientras me iba
la textura de mi pelo.

Tengo ahora por seguro
que tus semillas se quebrarán
y tendrán forma de melodías,
de tu desorden al improvisar
y darán flores de madera blanca
con las que crear un nuevo instrumento
que será nuestro nada más.

Des-ideas intergalácticas de jam session

Un tipo gigantesco y azul, un poco luminoso, con mi pelo y mis manos, me abren un telón brillante y me invita formalmente a desvanecerme, como si hablásemos de un baile en el Titanic o en el Hotel Alvear.  En vez de viejos empilchados me rodean tantas absolutísimas verdades que implosionan pero hacia afuera. Parece una contradicción, ya sé, pero es imposible: aquí no hay contradicción, y aquí es donde estoy. Hay eternidad azul bañando verdades de a baldazos. Seguir leyendo